martes, 16 de julio de 2013
Rubén
Rubén salió de los túneles del subte que recorría en su camino al trabajo. El viento de marzo hacía ondear su pelo y barbas que eran del color de la ceniza. Cansado de caminar con el bastón de pino que auxiliaba su resentida rodilla tomó asiento en el despintado banco de la esquina de la concurrida plaza. Un joven se le acercó, y confundiéndole con un indigente (por su aspecto), le guardó un billete en el bolsillo frontal de su desalineado sobretodo. Sin prestar atención, el viejo Rubén observa las palomas y golondrinas que se afanan en comer todas las migas de pan que en el suelo se encuentran, mientras enciende un cigarrillo Marlboro. Disfruta cada vez que sus secos labios entran en contacto con el filtro, disfruta cada bocanada que se abre paso hasta sus alvéolos. Disfruta cada vez que relaja su tórax y como una chimenea libera todo el humo que se difumina en la fría mañana. Disfruta éste cigarrillo como si fuera el último. De pronto, ACV.
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