Nicolás había nacido en el seno de una prestigiosa familia que vivía en un caserón ubicado en Nueva Córdoba. La familia de los Herreira era dueña de numerosos terrenos e influía en grandes empresas de importancia trans-nacional. Siendo Nicolás el menor de la familia su vida era (a los ojos de los de afuera) perfecta, ya que todos sus deseos eran atendidos por personas contratadas para exactamente eso, satisfacer sus necesidades. Sus hermanos (todos mayores) se habían mudado de la casa hace años, dejando a Nicolás todo un palacio para su disfrute. Claro que Nicolás, lejos de estar contento, sentía lo que muchos de los niños en su posición experimentaban. Su día carecía de sentido, de emoción, y constantemente mellaba en su cabeza la falta de atención por parte de unos padres que pasaban sus días ocupados en la filantropía de la alta sociedad y los negocios. A su corta edad (menos de dos cifras) ya se había cuestionado su importancia en ésta familia, y cansado de todo, decidió escaparse. No soportaba el hecho de no ser tomado en serio y el ser ignorado, por lo que en un caluroso domingo después de comer se escabullió por la parte de atrás de la casa a buscar una nueva vida lejos de su familia. Llevaba una mochila en la que guardaba sus pertenencias más valoradas (en su mayoría juguetes e historietas) que eran todo lo que necesitaba.
Luego de deambular por horas sin rumbo fijo y con numerosos descansos en lugares frescos (farmacias, pórticos) Nicolás empezó a sentir una extraña y molesta sensación en su estómago. No se parecía a nada que hubiera sentido antes, pero no le gustaba en absoluto. Sin saberlo, y por primera vez, Nicolás (el niño mimado) tenía hambre.
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