miércoles, 10 de julio de 2013

Mario

Mario era un tipo de familia, pero estaba empezando a cansarse de serlo. Hacía años que no salía con sus amigos (que ya no tiene) y solamente trabajaba devotamente para el bienestar de su esposa e hijos. Pueden llamar a ésto la crisis de la mediana edad o una epifanía, pero de todas formas Mario ya no era ese tibio que una vez había sido. Secretamente (y de forma inconsciente) comenzó a imaginar las alocadas situaciones que viviría de no ser por su responsabilidad como padre y marido.
     Cuando no trabajaba, Mario tomaba vacaciones con su familia. Sus vacaciones consistían en un viaje en auto a algún lugar equis del país, y ésta vez planeaban ir a la capital de Buenos Aires. Y digo planeaban porque mientras iban por la ruta 9 pasó lo que todos temen que pase en la ruta, un choque. Viajaban a velocidades vertiginosas cuando un camión que venía en la otra dirección se descarriló, y el resto es historia.      Mario despertó en una sala blanca (que inmediatamente identificó como una habitación de hospital) rodeado de tubos, cables, y potentes luces. A su lado había otra camilla ocupada por un desconocido siendo atendido por una simpática enfermera. Cuando consiguió hablar, Mario le hizo varias preguntas a la enfermera, quien se las respondió lo más dulcemente posible. Así nuestro protagonista descubrió habían pasado ocho días desde el accidente y de que ya no era un hombre de familia. Su esposa y su hija mayor habían muerto en el choque, y su segunda hija había sobrevivido durante un día antes de finalmente fallecer.       El mundo de Mario se vino abajo. Sentía náuseas y malestar continuamente, y no lograba distinguir si era algo físico a causa del accidente, más medicina y fármacos para sedarlo, o malestar psicológico por los eventos recientes. Días de depresión y dolor pasaron, y cuando se sintió un poco mejor comenzó a charlar con el desconocido que dormía a su lado, Fernando de nombre. Fernando había recibido tres puñaladas intentando defender a una anciana de un robo, y a causa de éso se había vuelto totalmente escéptico de la sociedad actual y de la vida en la ciudad.
    Largas fueron las charlas que tuvieron, en las que Mario confesó su cargo de conciencia por la muerte de sus familiares. Después de todo Mario había fantaseado numerosas veces con una vida en la que no tenía familiares ni responsabilidades y era libre para hacer lo que quisiera, y de repente todo eso se había vuelto verdad.
   Finalmente, luego de un largo período de catarsis y reflexión que duró semanas (algunos días mejor, otros peor) Mario supo resignarse a la verdad que le había tocado vivir, y aceptar que no había tenido la culpa de todo lo sucedido. Aún con la nostalgia del recuerdo de sus amados y con la triste certeza de no verlos nunca más, abrazó toda la libertad que estaba a su alcance, y (cual gusano que luego de su metamorfosis en mariposa logra volar en libertad) salió del hospital con esperanza en su corazón y ganas de hacer todo lo que ahora sí estaba a su alcance.
   

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